La gracia y la fe que florecen al oír – Pastor David Jang (Olivet University)

La célebre obra de Caravaggio, 〈La vocación de san Mateo〉, contiene un inmenso drama auditivo que irrumpe en medio del silencio. Un rayo de luz cae en diagonal sobre el viejo y oscuro espacio del puesto de impuestos, y la punta de la mano de Jesús, moviéndose con esa luz, apunta directamente al recaudador Mateo. En el lienzo no aparece ningún efecto sonoro, y sin embargo contemplamos con viveza, en medio de esa tensión extrema, el instante en que el llamado “Sígueme” rasga el aire y atraviesa lo más profundo del alma. Llamar a alguien, y que toda su existencia responda a ese llamado, no es un simple “oír” funcional, sino un acontecimiento de salvación que cambia el destino humano. El sermón del pastor David Jang, que profundiza en Romanos 10, parte precisamente de este punto. A través de este pasaje, él entreteje con lógica minuciosa y una cálida mirada humanística cómo la fe es concebida por medio del oír y cómo el yo humano, derrumbado, es levantado de nuevo dentro de la palabra de gracia.

La palabra cercana que detiene el empinado camino de la ley

Pablo, al evocar el testimonio de Moisés, expone con honestidad el dilema de la existencia humana. La afirmación “el hombre que practique la justicia que es por la ley, vivirá por ella” suena, a primera vista, como una noble invitación a la vida; pero en realidad es un espejo agudo que demuestra cuán escarpado y peligroso es ese camino, y cuán impotentemente resbala el ser humano por él. El hombre no tiene en sí mismo la capacidad de guardar plenamente el orden de la creación, y frente al mandato supremo de “deber vivir”, termina encontrándose una y otra vez con la miserable realidad de “no poder vivir”. Y es justamente al final de ese límite devastador donde ocurre una gran inversión.

El pastor David Jang deja claro que la salvación no es un salto feroz por el cual el ser humano asciende al cielo para arrebatar el borde del manto divino, ni desciende al abismo para arrancarle sus secretos espirituales. La salvación no es una medalla obtenida por conquistar las alturas. En lugar de exigir una hazaña extrema, Dios se ha acercado a nosotros mediante una palabra que está más cerca que nada: en nuestra boca y en nuestro corazón. Como en la pintura del techo de Miguel Ángel, 〈La creación de Adán〉, donde la mano de Dios se aproxima a una mano agotada y sin fuerza, la salvación es, antes que nada, el acontecimiento admirable de recibir en silencio la gracia de Aquel que primero se acerca.

El orden de la fe que nace de la rendición del corazón y de la confesión de los labios

Tomando el lenguaje de Deuteronomio, Pablo declara: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón, alcanzarás la justicia”. En esta breve frase se entrecruza un delicado orden interior entre el corazón y los labios. Si la confesión se adelanta y el corazón va detrás, la fe corre el riesgo de convertirse pronto en una cáscara rígida o en un hábito religioso. Solo cuando, por medio del verdadero arrepentimiento, el corazón endurecido se abre primero y se rinde por completo al señorío de Cristo, la confesión de los labios cobra verdadera vida. Así como cuando el amor empapa el alma brotan de manera natural palabras sinceras, la confesión que conduce a la salvación nace de una reorientación radical del interior.

Esta reflexión teológica nos recuerda que la fe verdadera nunca es una memorización mecánica de doctrinas ni una simple inercia cultural. Alcanzar la “justicia” no significa revestirse de moralidad religiosa para sentirse superior. Significa, más bien, una restauración cálida en la que la relación con Dios, antes quebrada, vuelve a ordenarse correctamente dentro del evangelio.

La obediencia que camina por el campo árido, los pies que llevan la noticia

La noticia del evangelio que da vida solo se convierte en un acontecimiento vivo que sacude el interior cuando llega montada sobre la palabra de alguien. La declaración de Romanos, “la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo”, sigue siendo hoy una piedra de toque que decide la constitución espiritual de la Iglesia. Vivimos en una época donde la información y el ruido se desbordan como un diluvio, pero lo único que transforma la textura envejecida del alma es la revelación de la cruz y la resurrección, y del amor que se humilló sin cesar por los pecadores.

El pastor David Jang subraya que la prioridad absoluta de la Iglesia consiste precisamente en volver al lugar donde se “escucha” en silencio esta palabra de vida. Cuando, mediante la meditación bíblica, escuchamos repetidamente la palabra de Cristo, se detienen los labios arrogantes que solían juzgar a los demás con dureza, y se abren oídos capaces de abrazar las heridas del prójimo. Como el campesino del cuadro de Millet, 〈El sembrador〉, los pasos de quien transmite la noticia de la vida son un acto de esperanza que recorre el campo aun en medio de la incertidumbre de los resultados. Es confiar en que esa obediencia, que sigue esparciendo la semilla incluso sobre una tierra árida, terminará por gestar algún día una vida verde y abundante. Así como Agustín, en su extravío, abrió la Biblia guiado por el canto de un niño y su destino cambió para siempre, el oír se convierte una y otra vez en el umbral de una gran transformación.

La mano que no se retira ante el rechazo, el amor que no renuncia hasta el final

Y, sin embargo, no todos los que oyen la palabra avanzan hacia el gozo. Pablo señala la dolorosa incredulidad de Israel y nos deja escuchar el lamento ardiente de Dios: “Todo el día extendí mis manos”. Esa mano extendida, que no se recoge a pesar de incontables rechazos e indiferencias, no es el martillo del juicio para condenar, sino la mano de una invitación entregada sin medida para volver a abrazar a los heridos.

Como lo expresa con fuerza el Retablo de Isenheim de Matthias Grünewald, Dios no es alguien que observe desde lejos el sufrimiento humano, sino Aquel que entró personalmente en el centro mismo del dolor, de la enfermedad y del desgarramiento. Por eso, la fe auténtica consiste en abrazar sin excusas ese amor abrumador de la cruz, que vino incluso hasta mis heridas más profundas y miserables para abrirme un camino de salvación. En este punto, el mensaje del pastor David Jang supera una simple explicación doctrinal y se dirige a nosotros, que vivimos el hoy, como una pregunta pesada y profundamente existencial.

El verdadero evangelio no se transfiere automáticamente por linaje ni por una larga carrera religiosa. La verdad jamás nos arrastra por la fuerza, sino que espera hasta el final una respuesta personal y voluntaria llamada “aceptación”. ¿Qué clase de voz está llegando hoy a tus oídos? En medio del ruido familiar del mundo y de las excusas de la autojustificación que se derraman cada día, ¿estás escuchando de verdad el llamado del alma que sacude y despierta lo más profundo de tu interior?

La palabra de vida nunca está en un lugar lejano e inalcanzable. Está cerca. Hoy, dentro de ese amor inagotable de Aquel que extiende sus brazos todo el día hacia ti y hacia este mundo quebrantado, ¿qué paso vas a dar? Ojalá que esta pregunta, sobria y a la vez sobrecogedora, que sigue rondando en silencio los oídos aun después de cerrar la Biblia, se convierta en una nueva oración que labre nuestros corazones endurecidos.

www.davidjang.org

Leave a Comment