En la encrucijada feroz de la luz y la oscuridad – Pastor David Jang (Olivet University)

Pastor David Jang

  • Claroscuros proyectados sobre el lienzo del alma (Chiaroscuro)
    Contemplemos en silencio la obra maestra del gran pintor barroco Caravaggio, La vocación de San Mateo (The Calling of Saint Matthew). Dentro de una aduana sombría, entre personas que cuentan monedas con avidez, irrumpe un rayo de luz potente. Esa luz no es una simple lámpara que disipa la oscuridad, sino el gesto irresistible de gracia de Jesucristo, que llama al pecador Mateo. La conmoción que este cuadro nos provoca se debe a que, mediante el contraste extremo entre luz y sombra —la técnica del claroscuro (chiaroscuro)—, expone visualmente los dos mundos que coexisten en el interior humano. También nuestro corazón, como ese lienzo, se convierte cada día en un campo de batalla encarnizado. Allí donde chocan la luz del llamamiento santo y la oscuridad de la carne que aún se aferra a viejos hábitos, justo en ese punto comienza nuestra vida de fe.

Hoy existe un mensaje que ofrece una profunda perspicacia teológica sobre esta guerra silenciosa que ocurre dentro de nosotros. El pastor David Jang, a través de su exposición de Gálatas 5, ilumina esta lucha no como un simple conflicto moral, sino como un problema de existencia espiritual en el que se enfrentan las “obras de la carne” y el “fruto del Espíritu”. Como ese instante en el cuadro de Caravaggio en el que Mateo duda si seguirá la luz o volverá su mirada a las monedas de la penumbra, nosotros también nos encontramos cada día ante la encrucijada: seguir al Espíritu o rendirnos a los deseos de la carne. Entonces comprendemos que cuando el apóstol Pablo clama: “Andad en el Espíritu”, no se trata de una mera sugerencia, sino de un mandato urgente para sobrevivir.

  • Más allá de la declaración del tribunal, hacia el aroma de la vida
    El camino de la fe se parece a una larga peregrinación que comienza con un cambio de “estatus” y avanza hacia un cambio de “nivel”. Muchos cristianos están familiarizados con la emoción de la certeza de salvación, es decir, la justificación (Justification), pero con frecuencia tropiezan en el proceso posterior de la vida: la santificación (Sanctification). El pastor David Jang profundiza con agudeza en este punto. Si la justificación es una declaración única y legal, en el tribunal de Dios, por la cual el pecador es declarado justo, la santificación es el proceso continuo por el cual quien recibió esa declaración se va pareciendo realmente a Cristo en el escenario concreto de la vida. Si el sonido del mazo del juez nos sacó de la prisión, entonces debe seguir un cambio práctico: volver a casa y vivir de una manera acorde con ser hijos del Padre.

Sin embargo, el conocimiento por sí solo no puede producir esa transformación. La contradicción de saber el bien con la mente pero hacer el mal con el cuerpo demuestra cuán frágil es la voluntad humana. El pastor David Jang advierte que cuando la fe se queda en la acumulación de conocimientos pierde su vitalidad, y enfatiza que únicamente la morada interior del Espíritu Santo, el Consolador, puede transformarnos. Como testifica Romanos, solo cuando el Espíritu de Cristo habita en nosotros entramos en una relación íntima en la que podemos llamar a Dios “Abba, Padre”. Jesús no dejó a sus discípulos como huérfanos, sino que envió al Espíritu Santo porque necesitábamos un poder real: uno que ablande el corazón endurecido y abra los labios cerrados para que alaben. Sin el Espíritu, la santificación es imposible, y el esfuerzo sin gracia no es más que un yugo de legalismo.

  • Un carácter multicolor que florece desde una vida unificada
    Las obras de la carne son instintivas y destructivas. Las listas de Gálatas 5 —fornicación, idolatría, enemistades, iras y otras— se parecen demasiado al autorretrato de la sociedad moderna. El pastor David Jang señala que estas obras de la carne son obstáculos graves que impiden heredar el Reino de Dios, y advierte especialmente cuánto endurece el alma el pecado repetido. La tentación del pecado parece dulce, pero su final es ruina y aislamiento espiritual. En cambio, el fruto del Espíritu se manifiesta como un carácter integral y lleno de vida. Un punto interesante es que Pablo no usa el plural “frutos”, sino el singular “fruto (fruit)”. Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza no son cuentas sueltas que se mueven por separado, sino un solo fruto: como un mismo fruto con distintos sabores y aromas que brota del único árbol de vida que es el Espíritu.

Según la interpretación del pastor David Jang, el gozo no consiste en reír solo cuando todo va bien, sino en una alegría que brota desde lo profundo de la gracia, por encima de las circunstancias. Asimismo, la paz es una quietud interior que se expande como poder para sanar las relaciones externas. Estas nueve virtudes no son algo que podamos imitar a la fuerza. Del mismo modo que un árbol sano produce naturalmente buen fruto, cuando echamos raíces profundamente en el Espíritu, el fruto se da como resultado de la gracia. Y no se trata de virtudes válidas únicamente dentro del templo. Deben impregnar todas las áreas de la vida cotidiana: la transparencia al manejar las finanzas, la mansedumbre al tratar a los demás, la templanza al gobernar los deseos. El verdadero evangelio no es una doctrina abstracta, sino que se prueba con frutos concretos de vida como estos.

  • La santa decisión de clavar los deseos en la cruz
    Entonces, ¿cómo podemos vencer en esta guerra espiritual tan feroz? Pablo declara: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”. El pastor David Jang traduce esta declaración solemne a prácticas muy pequeñas de la vida diaria. Más importante que los grandes actos religiosos es el valor de pedir perdón primero en medio de tensiones relacionales, la sabiduría de bloquear de antemano las rutas de la tentación, y la honestidad de sacar a la luz el pecado oculto. Es como la decisión de Mateo en el cuadro de Caravaggio cuando se levanta y abandona la mesa de la aduana. Esos instantes, una y otra vez —elegir arrepentimiento en lugar de excusas, templanza en lugar de libertinaje—, se van acumulando y completan el gran fresco de la santidad.

La gracia jamás puede ser una licencia para el desenfreno. La gracia verdadera no solo nos libera del pecado, sino que también nos da fuerza para luchar contra él. ¿Qué está gobernando tu vida hoy? ¿Los deseos de la carne, endurecidos como un hábito, o los anhelos claros y santos del Espíritu? Como exhorta el pastor David Jang, en este mismo instante, delante de la cruz, niégate a ti mismo y afina el oído a la voz suave del Espíritu. La santificación no es un camino solitario que se recorre a solas, sino una caminata acompañada: con el Espíritu Santo que gime y ora dentro de nosotros. Deseo que des un paso más hacia ese mundo de luz santa: la verdadera libertad que solo disfrutan quienes se despojan de las obras de la carne.

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