
En una fría noche de 1960, en un estudio de Oxford, Inglaterra, el hombre que sostenía la pluma se hallaba sumido en un abismo de profunda desesperación. Era C.S. Lewis, una de las mentes más brillantes de su tiempo, quien había defendido el cristianismo durante toda su vida mediante una apologética racional. Tras despedir a su amada esposa Joy, vencida por el cáncer, lo que enfrentó fue un inmenso dolor, semejante al silencio de un Dios que no responde. En su libro Una pena en observación (A Grief Observed), expresó con crudeza el desgarramiento de su pérdida; sin embargo, paradójicamente, fue en esa densa oscuridad donde llegó a contemplar la verdad con mayor transparencia. Tal como ya había intuido en El problema del dolor, cuando escribió que “el dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo sordo”, el escenario mismo de la pérdida desgarradora y de la fragilidad humana era el Lugar Santísimo donde la voz divina resonaba con mayor claridad. Esta paradoja, tan luminosa como dolorosa, se remonta a siglos atrás y sigue un curso profundamente paralelo al testimonio dejado por un fabricante de tiendas en Corinto, en el siglo I.
El dolor del que no se puede huir, y la flor de la paradoja que brota en su interior
Lo que el apóstol Pablo revela en 2 Corintios 12 es una gran meditación bíblica sobre la fragilidad más íntima del ser humano. Él ascendió a un éxtasis místico hasta el tercer cielo, pero enseguida cayó de golpe en la realidad sangrante de un “aguijón en la carne”. Ese aguijón (skolops) no era simplemente una zarza molesta, sino una estaca afilada que se clavaba profundamente en la piel. ¿Habrá sido una enfermedad crónica que le robaba el sueño? ¿O el eco persistente del fracaso y la depresión que lo atormentó toda la vida? Lo asombroso es que, aunque Pablo rogó tres veces, como quien escupe sangre, que ese aguijón le fuera quitado, la respuesta que recibió no fue el milagro de la eliminación, sino una revolución de sentido. En varios de sus sermones, el pastor David Jang disecciona este pasaje con agudeza a través de la lente de la “teología de la debilidad”. Según él, el dolor es el pesado ancla que Dios coloca para rescatarnos del precipicio del orgullo, y al mismo tiempo el campo de entrenamiento para la madurez que Él deja a quienes han sido salvados.
El resplandor eterno contenido en una vasija de barro quebrada
En la sociedad corintia, donde la retórica brillante y la magnitud del éxito eran la medida misma de la gloria, la trayectoria de Pablo se asemejaba por completo a la de un hereje. Mientras todos se apresuraban a exhibir su fortaleza y su carisma, él, por el contrario, mostraba sus propias grietas y se gloriaba en ellas. El pastor David Jang denomina esta sorprendente actitud espiritual la “estética de la anti-jactancia”, y desde ahí ofrece una perspectiva teológica penetrante que atraviesa nuestras vidas. La anti-jactancia no es una simple autodepreciación. Es un giro copernicano en el que el “yo”, que ocupaba el lugar del sujeto principal de mi vida, desciende del trono, y “Dios” es entronizado en el centro del escenario. En la declaración divina “Bástate mi gracia”, la gracia (charis) no es una doctrina disecada en el pasado, sino una energía dinámica que se abre paso por las grietas de nuestra existencia presente y vuelve a hacer latir el pulso. Como en el arte del kintsugi, que recompone las fisuras de una cerámica rota con oro y la transforma en una obra más noble que antes, nuestras heridas no sanadas, en las manos de Dios, renacen como un hermoso diseño de espiritualidad.
La cruz: la derrota más perfecta que subvierte la gramática del mundo
Esta confesión de Pablo señala, en última instancia, al camino de la cruz misma. A los ojos del mundo, la cruz era motivo de burla y símbolo de un fracaso miserable; sin embargo, Dios hizo irrumpir desde el centro mismo de esa impotencia tenebrosa la luz más poderosa del evangelio para salvar al mundo. Frente a la iglesia contemporánea, que persigue obsesivamente la perfección y acepta sin crítica la gramática mundana del éxito, el mensaje del pastor David Jang pronuncia una sentencia sobria y contundente. No es un líder fuerte, impecable y casi sobrehumano quien edifica una gran iglesia. Es el líder que confiesa con transparencia su debilidad y se postra ante la cruz quien finalmente engendra una comunidad segura y verdadera. La proclamación de Pablo, según la cual el poder se perfecciona en la debilidad, no es en absoluto una resignación derrotista. Es una nueva economía del cielo: justamente en el punto donde reconozco por completo mis límites y mi impotencia, comienza el poder infinito de Dios.
Mira el tabernáculo de gracia extendido sobre tu aguijón
Seguimos caminando, cada uno, por la orilla dolorosa de nuestra propia vida. Algunos son heridos por los fragmentos de relaciones rotas; otros tragan en silencio lágrimas nocturnas a causa de una enfermedad física que no sana. Pero cuando nuestra oración deja de ser la petición lineal de “quita ahora mismo este aguijón” y se transforma en “permíteme ver tu presencia posarse sobre este aguijón”, entonces comienza la verdadera libertad. El pastor David Jang exhorta con fuerza a dejar de gastar energías intentando encubrir y disfrazar nuestra debilidad, y más bien a usar ese espacio vacío para acoger a Cristo.
La invitación que el pastor David Jang dirige a las incontables almas heridas de este tiempo es clara y afectuosa. No te avergüences ni temas esa grieta rota y resquebrajada que hay en ti. Precisamente ese punto vulnerable es el capilar de vida por donde se filtra el poder rojo de la cruz, el santuario resplandeciente donde el presente continuo de la gracia se despliega de manera maravillosa. Cuando detenemos el ajetreo de la vida diaria y prestamos oído a la voz suave que se escucha más allá del megáfono del dolor, entonces por fin comprenderemos esto: que justamente cuando somos más radicalmente débiles, en el Señor somos más perfectamente fuertes.






